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19 de mayo de 2008

Corriendo sin sentido.

Correr sin pensar y nunca detenerse. Acabas de abrir el portón del estacionamiento para dejar salir un auto, darte la vuelta y regresar. Sólo deseas cruzar ese solitario depósito de carros y llegar a la puerta de tu apartamento rápido. En realidad, nunca quisiste bajarte del automóvil.

Caminas por la rampa y el impulso de la subida te motiva a apurarte más de lo normal, como en muchos casos de la vida, un poco de velocidad ayuda a que logres tu objetivo. Es antagónico pedir que te "detengas a oler las rosas" y, al mismo tiempo, exigirte ser ágil para cumplir la ley donde el más apto sobrevive.

Subo más rápido y cuando llego a una planicie en mi recorrido, la velocidad no se deja apaciguar. Ya comencé a correr, más me vale que termine todo el camino de esa forma. Pero no corro porque tenga miedo a que detrás de tantas máquinas de metal se oculte alguien con un órganismo más calido pero intenciones más frías. Tampoco corro por urgencia, ni al baño quiero ir ni deje conversaciones colgando en mi computadora y mucho menos me urgen las ganas de hacer ejercicio.

¿Entonces, por qué corro? No sé, sólo comencé y no me detuve hasta llegar al final. Impulso del ser humano, ganas de sentirse libre o locura momentánea; elijan la excusa que mejor les parezca para justificar mi conducta. Yo ni intentaré hacerlo.